El problema no son los candidatos, somos los 30 huevos: una reflexión sobre el voto y la democracia en Colombia
Los resultados presidenciales siempre dejan ganadores y perdedores. Para algunos son motivo de celebración; para otros, de frustración. Sin embargo, hay algo mucho más preocupante que el resultado mismo: la enorme cantidad de colombianos que siguen sin participar en las decisiones que determinan el rumbo del país.
Imaginemos el censo electoral como una cubeta con 30 huevos. Trece de esos huevos deciden no votar. Solo 17 participan. De esos 17, siete eligen al candidato A, siete al candidato B y tres se reparten entre otras opciones. Esa realidad nos obliga a preguntarnos qué tan representativa puede ser una elección cuando una parte tan grande de la población simplemente decide no intervenir.
Por eso, el primer gran problema de nuestra democracia no son los candidatos. Somos nosotros.
El segundo problema es el miedo. Muchos ciudadanos ya no votan por convicción, sino por prevención. Escogen al que consideran “el menos malo” para evitar que gane quien perciben como una amenaza mayor. Esa lógica ha degradado el debate político y ha convertido las elecciones en una competencia de temores más que de propuestas.
A esto se suma la desinformación impulsada por la emocionalidad. El ejemplo más evidente es el candidato más votado en primera vuelta, Abelardo de la Espriella. Un aspirante que, a mi juicio, representa una de las opciones más deficientes entre quienes aspiraban a la Presidencia. Su plan de gobierno apenas ocupa unas pocas páginas y su trayectoria pública parece estar más asociada al espectáculo que a la construcción de políticas públicas.
Durante años construyó notoriedad defendiendo personajes polémicos desde su ejercicio profesional. Ha convertido el escándalo en una herramienta política y ha demostrado una capacidad notable para captar atención mediática. Su discurso conecta con muchos ciudadanos, pero eso no necesariamente lo convierte en un estadista. En demasiadas ocasiones parece más interesado en el show que en gobernar.
Pero sería un error creer que el problema termina allí.
En la otra orilla política aparece Iván Cepeda, quien para muchos representa la alternativa. Se trata de un senador con una larga trayectoria en la defensa de los derechos humanos, pero cuya experiencia legislativa no necesariamente se traduce en experiencia para dirigir el Ejecutivo. Gobernar no es lo mismo que legislar.
Sus seguidores suelen destacar la extensión de su programa de gobierno como una prueba de solidez. Sin embargo, la cantidad de páginas nunca ha sido garantía de calidad. Un documento extenso puede esconder tantas carencias como uno demasiado corto.
También encuentro profundas contradicciones en su comportamiento político. Durante años defendió la importancia de los debates como una herramienta esencial para la democracia. Hoy, cuando es candidato presidencial, decide ausentarse de varios de ellos. Antes denunciaba con firmeza la corrupción cuando provenía de gobiernos adversarios; ahora guarda silencio frente a escándalos que involucran a sectores cercanos a su proyecto político.
Esa doble vara resulta difícil de justificar.
Tampoco comparto su respaldo a una constituyente que, en mi opinión, desviaría tiempo y recursos de las verdaderas prioridades nacionales. Y aunque considero equivocadas las afirmaciones que lo califican como un candidato comunista o guerrillero, sí me preocupa la falta de claridad sobre aspectos económicos fundamentales y la ausencia de un equipo económico ampliamente reconocido.
Algo similar ocurre con la llamada Paz Total. La búsqueda de la paz es una obligación moral y política, pero no puede construirse ignorando la realidad. No se negocia mientras continúan los secuestros, los asesinatos y las actividades criminales. La paz requiere límites, autoridad y resultados concretos.
Por eso insisto: el problema no son únicamente los candidatos. El problema es una ciudadanía que muchas veces vota sin informarse, que se deja arrastrar por el miedo, que tolera contradicciones según quién las cometa y que renuncia a participar cuando más importa hacerlo.
La tibieza ya no puede seguir siendo una opción. No podemos normalizar el machismo, la crueldad animal, los silencios cómplices, la corrupción ni el caos disfrazado de solución. Necesitamos una conciencia electoral más exigente, menos fanática y mucho más responsable.
Porque, al final, más allá de las ideologías, alguien sí puede hacer la diferencia. Pero para encontrarlo primero debemos dejar de actuar como espectadores y asumir el papel que nos corresponde como ciudadanos.

Suministrado por Sebastian
